martes, 23 de febrero de 2016

¿Libertad?

¿Qué es la libertad? Simple, solitaria, fuera de todo lo conocido, fuera del sentido común, fuera de la imaginación, fuera de nuestra razón, pero a la vez de nuestros sentidos. ¿Por qué? Porque no existe. Es una ilusión, un hábito (como diría el escocés Hume) que tenemos y a la vez necesitamos para darnos tranquilidad, una inyección cada mañana para seguir adelante con nuestras vidas, creyendo que, al ser libres, estamos decidiendo sobre nuestros pasos y dibujando nosotros nuestras propias huellas.

¿Es ésto cierto? No lo creo. Como he dicho antes, se trata de una ilusión, algo pensable, pero no demostrable. De hecho, podríamos introducirlo en el área humana de "ilusiones hipotéticas que necesita el ser humano". Sin ellas, el ser humano sería, según muchos, vacío de significado, sin un fin, sin un logro, sin nada por lo que luchar. Pero, en el caso de las libertades, ¿no existen realmente dos? Una sería la que nosotros consideramos la universal, aquella que nos "libera" del yugo y hastío por culpa de una ideología, pensamiento, o incluso individuos, que hacen que otra u otras personas se sientan de alguna manera censuradas o incluso esclavizadas, abriéndose el abanico tantro con las personas de color liberadas del sur de Estados Unidos, como por ejemplo con la necesaria libertad de prensa (en casos como el de Charlie Hebdo). La otra libertad que existe es la ficticia, la que damos por hecho que poseemos, pero ni el más inteligente o libre de los hombres ha rozado. Aquella verdadera libertad asimilada en la cristianidad como la "beatitud", el gozar de Dios, o en la antigua Grecia como la eudaimonía perfecta de la que nos hablaba, asemejada a dioses, siendo la mayor de las sabidurías.

Pero todas estas acepciones de esta segunda libertad son meras impresiones creadas por humanos, en la mayoría de casos para controlar a una población ingenua y analfabeta, como es el caso de la religión, que hacía creer al pueblo en ciertos aspectos totalmente indemostrables mediante una auténtica y fiel cuestión de fe, ofreciéndoles esa esperanza de libertad en el cielo tras la muerte. Sin embargo, está también el caso de los filósofos. A estos, sin embargo, no los podemos culpar ya que, aunque asociaran la libertad a la religión o a ámbitos indemostrables, no lo hacían con un fin de lucro, sino que lo creían fielmente, como es el caso de la eudaimonía anteriormente expuesta, defendida por nuestro gran filósofo Aristóteles, que creía y creyó hasta la muerte que ésta solo podía erradicar en la sabiduría y, por tanto, solo el sabio podía adquirir esta especie de máxima libertad asociada más al ámbito sobrenatural, que al ser humana.

Estas concepciones de la libertad o esperanza asociadas al conocimiento eran muy positivas en la época, ya que animaban a la gente (la que no fuera totalmente analfabeta), a buscar esa sabiduría, a aumentar su conocimiento y, con él, su pensamiento y, aunque no consiguieran acceder a ese Nous (o Inteligencia suprema de las ideas puras) tan defendido por Platón, crearían una opinión suya propia, de manera que ya no podrían ser tan sumamente controlados por terceras personas.

Por eso, defiendo personal y fielmente que fueron estos primeros filósofos, tan autóctonos, austeros e inteligentes, los que hicieron que la población empezara a pensar por sí misma, a opinar, a querer derechos.

Con el paso de los años, el ámbito que más afectado se vio fue naturalmente la Iglesia, la que había perdido fieles por este pensamiento autónomo insurgente, además de la continua aparición de filósofos que, desde Hume, empezaron a plantearse con argumentos la existencia de Dios. Y con él comenzó ese pensamiento ateísta: ¿Por qué necesitamos creer tan fielmente en algo que no podemos ni sentir ni conocer?

Cada vez la antigua filosofía de San Agustín y Santo Tomás, escolásticos que defendían el Ser de Dios sobre todas las cosas, quedaba notablemente atrás. Tanto que desapareció del pensamiento ciudadano, aún con el intento y propuesta continua de readmitirse, pero el pueblo llano no quería volver a recibir esos pensamientos. Ya no creían tanto en ese ser todopoderoso, al igual que no lo hacían en esa "otra vida" análoga a la terrenal. De este continuo y creciente pensamiento de que realmente no existía nada más que lo visible o conocible en el mundo, nació el ideal del ateísmo.

Del ateísmo radical, como siempre ha ocurrido en todo aspecto ideológico, surgió un ideal moderado, el agnosticismo. Los agnósticos aceptaban que no era lo llamado Dios lo que había ahí arriba, pero que algo tenía que haber, aunque no pudieran explicar el qué. Habría que tener muy en consideración que la ciencia en aquella época era mediocre, y que por tanto no tenían ni la tecnología ni los conocimientos que tenemos ahora, suficientes como para, como máximo, considerar la posibilidad de vida extraterrestre.

Los filósofos fueron los que hicieron despertar al pueblo, mediante una "falsa promesa para un falso propósito con un fin mayor y más bueno que el esperado", conocido como fin mayor, el hacerles pensar por ellos mismos para opinar y que no les engañasen. Es muy probable que los lectores piensen que era obvio que las bulas, testamentos católicos y esos caprichos que se daba la Iglesia a costa de los ciudadanos e incluso de la propia aristocracia eran una estafa, admitido fielmente por la mayoría de cristianos actuales. Pero no olvidemos que igual que los ciudadanos de aquella época pensaban que existía un ser todopoderoso, ¿no podrían reírse nuestros sucesores en el futuro de cómo nos engañaban a nosotros ahora? ¿Y sí en política, religión y demás ámbitos no están engañando, pero somos lo suficientemente "analfabetos" y "campesinos" como para no darnos cuenta?

Los filósofos ya nos han salvado de la perdición de creer en los "malos sabios" del mundo que engañan para su propio beneficio. ¿Por qué no lo iban a hacer ahora? ¿Debemos realmente permitir entonces una ley tal que casi suprima esta gran asignatura como es la filosofía de nuestras escuelas? Alomejor un simple estudiante, como lo era Hume, o incluso un mujeriego empedernido hasta que vio la luz como lo fue San Agustín, son los que salvan de la perdición a una humanidad que, aunque se crea libre, siempre estará dominada.