viernes, 9 de abril de 2021

El mundo Orwelliano post-pandemia

Presento aquí una posible distopía que cada día parece ser más posible con respecto a la situación pandémica actual. A día de hoy nos encontramos en una situación en la que mientras por un lado se vende a la sociedad que la situación está gradualmente solucionándose con las campañas (no mundiales) de vacunación, por otro lado y al mismo tiempo observamos la aparición o el aviso de posible expansión de nuevas cepas, mutaciones y otras amenazas que nos dejan entrever que el problema está lejos de solucionarse.

Esta situación que quiero definir aquí se ambienta en los próximos 5-20 años, por lo que la mayoría de personas lectoras podrían llegar a vivirlo. Aunque sea una visión pesimista, también resulta racional y posible, y aunque espero de corazón que jamás ocurra, viendo los últimos acontecimientos mundiales y el poco espíritu solidario existente a nivel estatal y social, cada día parece más viable, aunque quizás no hasta el punto que va a ser mostrado aquí.

Analicemos lo que en un principio podemos esperar de los próximos 5 años: vacunaciones masivas "no obligatorias", es decir, los estados no obligarán directamente a la población a vacunarse, pero por otros medios será necesario tener un certificado de vacunación para seguir con nuestras vidas. Por ejemplo, para pedir un visado, un contrato de trabajo, o incluso para desplazarse a otros países, como ya podemos observar mediante la nueva política de "pasaporte verde" a partir de la cual la gente vacunada va a tener mayor posibilidad y facilidad de viajar libremente. 

Como ya estamos viendo ahora, este proceso solo está mostrándonos una esfera más de desigualdad mundial. Mientras que los países europeos han comenzado ferozmente con el proceso, otros países o incluso continentes enteros quedan atrás en esta carrera sanitaria. Un caso en el que esa desigualdad parece extrema es el de Oriente Medio, donde mientras que Israel es considerado "el ejemplo" de estado efectivo en campañas de vacunación, todos los países con los que posee frontera no han recibido ni una cuarta parte de las mismas.

Hasta aquí, y en base a los datos actuales, no nos debería sorprender nada. Los países apelados como "desarrollados" han tenido el poder y el capital para realizar acuerdos con empresas farmacéuticas que, recordemos, son empresas del sector privado, para comenzar lo antes posible ese proceso, mientras que otros estados quedan rezagados ante ese avance por distintos motivos: desde imposibilidad de gestión eficaz, a la consideración que reciben por parte de la comunidad internacional como "enemigos del orden mundial".

Comencemos entonces a partir de aquí con esa situación distópica que quiero plantear. Recuerdo que el objetivo no es expandir el pesimismo, sino dejar ver cómo es de posible este futuro escenario, y la necesidad de conciencia ciudadana (y más bien, humana), ante este posible problema futuro, con intención de "estar preparados" antes de que se dé.

Como podemos esperar, llegará un momento en el que la población de ciertos países, de los cuales no creo que haga falta decir el nombre, estarán vacunados (por supuesto contando con que la vacuna funcione a largo plazo), y otros países y sobre todo, otras poblaciones que quedarán exentas de la misma o cuyo proceso será más lento. Así, podríamos llegar a concebir una división social basada intrínsecamente en la condición de clase entre "vacunados" y "no vacunados". Es decir, entre "personas" y "amenazas".

Esta división, que añadido al pánico existente y al trauma que está dejando la pandemia, llevará a la sociedad (con "ayuda" de los medios de comunicación e incluso de los gobiernos), a ver a ese sector social como inferior, como atraso a un nuevo orden mundial. 

El historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari describía en su obra Homo Deus una situación más posible que utópica, en la que la revolución tecnológica que actualmente estamos viviendo conllevará a una brecha social imperdonable. Es decir, actualmente esa brecha digital ya existente que promueve una serie de desigualdades, añadido a otras cuestiones como el trabajo online, sobre todo expandido tras la pandemia, está llevando a una brecha digital multidimensional. Desde por razones geográficas (países con menor acceso a internet que otros), a cuestiones más de tipo socioeconómico. 

En este futuro, Noah Harari hablaba de un punto en el que la tecnología ya no solo formase parte de nuestras vidas, sino de nosotros mismos: a modo de lo que películas y libros futuristas definen como ciborgs. En este punto, el porcentaje de población que sería capaz de formar parte de este proceso sería aún menor que el actual, y el autor dividía la población en unos humanos con capacidades sobrenaturales, y "el resto". A ese resto, apelado en la obra como "masa de inútiles", se vería como alejado lenta y gradualmente del proceso mundial, llegando al punto de no saber cuál es su función en el planeta. La visión del autor israelí llevaba a pensar que esta llamada "masa de inútiles" se revelaría, mediante el uso de la violencia, y la peligrosidad era máxima ya que a la hora del conflicto, éstos no tendrían nada que perder.

La situación que pretendo mostrar con la vacunación sería parecida a este proceso descrito. Entraríamos en una distensión social dividida entre aquellos vacunados, y aquellos no vacunados. Estos últimos, entendidos en este contexto como "los inútiles", no podrían obtener un contrato de trabajo, viajar, o incluso podría llegar hasta el punto de que no puedan realizar su vida de manera normal y digna. 

Recordar que en este resto no solo encontramos a sociedades de países cuya vacunación sea más lenta o incluso casi inexistente, sino también a toda aquella población que por su condición social (de clase), no reciba la vacuna en países "desarrollados" donde sí haya una campaña fuerte: personas sin hogar, refugiados, etcétera.

Así, y posicionándome en el extremo, esta masa de población sería observada como lo más parecido a un "zombie" que (espero) que jamás vivamos: la gente no querrá acercarse a ellos, serán expulsados de lugares públicos y vetados de derechos fundamentales. Esto, añadido a la carta que pueden jugar los gobiernos con respecto al pánico que ya existe actualmente con la pandemia, y el verdadero trauma que se dará de aquí a unos años, pondrá difícil el trabajo a aquellas entidades que quieran acabar con esta situación, entre las cuales unas de las principales serían las organizaciones no gubernamentales.

Si un Estado argumenta que no puede vacunar a toda la población por falta de recursos, o una empresa farmacéutica argumenta que fueron incapaces de llegar a un acuerdo para vender la vacuna a un determinado país, es posible que los demás países (incluso a nivel Naciones Unidas), en vista de los acontecimientos y de esa "justificación", no puedan hacer nada para solucionar el problema. Lo único que podría ocurrir a modo esperanzador sería que las ONGs invirtieran a modo de estado en campañas de vacunación para este sector social. La única esencial diferencia con la visión utópica de Noah Harari, aparte del porqué de la brecha, sería que la masa de "inútiles" no parecería ser tan grande con respecto al porcentaje poblacional global, pudiendo esperar una relación más de tipo 40% de la población vacunada - 60% no vacunada, aproximadamente.

Así, nos llevaría a un mundo en el que los vacunados podrían seguir realizando su vida normal, pudiendo esperar algunas manifestaciones y disturbios que no lleguen a mucho, mientras que aquellas personas que no sean vacunadas, por su condición y falta de recursos (desde económicos hasta de influencia en medios de comunicación), queden literalmente fuera del orden mundial, de manera directa, con una justificación jamás expuesta anteriormente. 

Pongamos un ejemplo. Si ahora un país europeo expresa su oposición a aceptar refugiados (bien porque  "quitan el trabajo", porque es inviable, o por argumentos relacionados con el terrorismo y la seguridad nacional), estaría mal visto por un gran sector de la sociedad civil. Aunque es cierto que a la hora de la verdad nadie parece querer acabar con la crisis migratoria, a los ojos mediáticos y de la opinión pública mundial quedaría como no legítimo o mal visto el no querer ayudar. Sin embargo, y en este escenario, ¿qué pasaría si un país europeo dijese que no quiere aceptar refugiados ya que no están vacunados y por tanto exponen al país y a su sociedad a "volver a 2020"? El argumento ganaría mucha legitimidad, llegaría a no verse como xenófobo ni racista, y la gran mayoría de la población de ese país estaría de acuerdo, incluso aquellos inmigrantes que llegasen con anterioridad a la pandemia y ya estuviesen vacunados.

Como vemos con los actuales partidos populistas, los argumentos de "nos roban el trabajo" o "solo vienen a delinquir" ya parecen haberse inyectado en nuestro cerebro. ¿Cómo de más fácil sería seguir con ese argumento dándole ese toque de trauma y miedo con el uso de la pandemia que se vivió en 2020-2021?

Y aquí llegaríamos al punto "final" de esta distopía: ¿cuál sería o debería ser la respuesta de toda esa masa de "inútiles", teniendo en cuenta que contarían solo con el apoyo de alguna ONG y sin ningún tipo de influencia en el orden mundial? La mayoría perderían su trabajo, su posición en el mundo y, por extensión, su derecho a una vida digna. Entrando en la evidencia histórica, cuando estos sentimientos comienzan a verse en un sector de una sociedad, la respuesta suele tener un mínimo común denominador: el uso de la violencia.

La principal diferencia sería que cuando los estados hagan uso de sus fuerzas y cuerpos de seguridad para alentar a estos manifestantes, ¿estaría mal visto el uso de la fuerza estatal hasta el punto de matar unos manifestantes que no están vacunados y que por tanto, constituyen una posible y potencial amenaza?

En este contexto la cuestión ética es fundamental, y la falta de solidaridad estatal y humana actual hace pensar que esta situación no fuese tan mal vista. Recuerdo la idea distópica de la película La Purga, en la que para evitar la violencia en un país como EEUU, se ilegaliza con pena de muerte cualquier tipo de delito, pero durante 12 horas al año se permite absolutamente cualquier crimen en las calles, además de no haber durante esa franja de tiempo servicios de policía, ambulancia, ni bomberos. Ya en su estreno, esa idea parecía más posible que distópica.

Según lo expuesto, podríamos llegar a un escenario similar. Es decir, la vida de las personas no vacunadas valdría menos que las de los demás, y no se entendería como tan negativo cometer cualquier tipo de atrocidad contra este "resto" ya que, al fin y al cabo, "una persona no vacunada muerta, es una amenaza menos al orden mundial".

Me encantaría saber sus opiniones sobre esta idea o cualquier otra que se puedan imaginar para los próximos años. Me pueden escribir a mi correo electrónico guille.moran1011@gmail.com. Estaré encantado de debatir con ustedes o incluso tener en cuenta sus ideas para futuras publicaciones.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

La victoria del partido MAS en Bolivia y la vuelta de Evo Morales al país tras casi un año de exilio

Tras los disturbios y el supuesto fraude electoral en Bolivia del año pasado, que acabó con el exilio del expresidente Evo Morales y la creación de un gobierno de facto transitorio liderado por Jeanine Áñez, el país vivió el 18 de octubre unas nuevas y desafiantes elecciones.

Estas elecciones, las cuales estaban programadas para mayo de este año pero tuvieron que ser pospuestas por la pandemia, han ofrecido un resultado a partir del cual la población ha quedado polarizada entre la absoluta sorpresa, y por otro lado la creencia de que era lo que debía de ocurrir. Luis Arce, exministro de economía durante la legislatura de Evo Morales y candidato a la presidencia por el partido Movimiento Al Socialismo (MAS), salió victorioso con una diferencia de voto poco mayor del 10%  frente a su rival Carlos Mesa, al frente del partido Comunidad Ciudadana, siendo proclamado así presidente sin necesidad de una segunda vuelta.

La reacción social a este acontecimiento fue extraña, en tanto que el conteo, los porcentajes y el modo de elección han resultado ser extremadamente similares a aquellos del año pasado con Evo Morales: un inicio en el cual Carlos Mesa parecía liderar, seguido de un claro ascenso en la votación hacia Arce, con un desenlace positivo para el partido indígena. La única diferencia con respecto a las anteriores elecciones, lo cual ha sido base para determinar que en estas no hubo un fraude, es que no aconteció ningún tipo de "parón" en el conteo.

Uno de los puntos principales a partir del cual se empezó a investigar la posibilidad de fraude el año pasado fue ese famoso "parón" de casi un día en el conteo, tras el cual el ascenso del partido MAS en la votación dio mucho que debatir. Sin embargo, en estas elecciones no hubo (por lo menos a priori) ningún tipo de estratagema de ese estilo.

Tras la victoria de Arce y aceptación por sus dos principales opositores, Camacho y Mesa, la opinión pública y sociedad civil se lanzó a la calle (aunque esta vez de manera pacífica), en vista de que no podían creer que después de todo lo ocurrido, hubiesen vuelto al punto 0. La sociedad busca culpables ante lo ocurrido, y según el foco de análisis podemos encontrar varios factores que pudieron dar una victoria limpia y legal a Arce:

Por un lado, podemos observar cómo Áñez, presidenta en funciones durante el periodo transitorio entre las dos elecciones, ha dado más importancia a asegurar que las elecciones y el proceso fuera limpio y democrático, así como al coronavirus, que a preocuparse de lo que estaba ocurriendo realmente. Áñez llegó a la presidencia de manera contundente, obligando a Morales a salir del país, quitándole de todo privilegio legal y diciendo asegurar que Bolivia iba a tener unas elecciones legales y transparentes lo antes posible. 

Sin embargo, si observamos su mandato durante este casi año, podemos ver que salvo los primeros cambios que realizó en materia legal, la llama de esperanza se apagó, en tanto que no volvimos a ver un movimiento de resistencia en ese nuevo y corto gobierno.

Un ejemplo de ello, el cual es el más utilizado por la sociedad civil en contra del MAS, es el cambio en la "ley de los 2/3". Esta ley, determinaba que en todas las asambleas (ejecutiva, legal, judicial y electoral), cualquier cambio o reforma debería tener el apoyo de dos tercios de la respectiva cámara para ser aprobada, y no por mayoría simple. Durante las distintas legislaturas de Morales esto nunca fue un problema, ya que desde que llegó a la presidencia hasta las elecciones de 2019, el partido MAS disfrutaba de una cómoda mayoría por encima de 2/3 en todas las instituciones.

Sin embargo, tras las elecciones y el supuesto fraude, recordemos que aunque Morales tuviese que rescindir de la presidencia y exiliarse, las cámaras y sistema gubernamental continuó en funcionamiento (hecho por el que se suele declarar que no fue un golpe de Estado), y el partido MAS, aunque aún tenía mayoría, en la asamblea legislativa ya no gozaba de los 2/3 necesarios para aprobar sus medidas sin ninguna necesidad de negociación con otros partidos.

Así, esta "ley de los 2/3" fue modificada poco antes de estas últimas elecciones, determinando que a partir de ese momento se aprobarían o no medidas a partir de una mayoría simple, de la cual el partido MAS gozaba. 

Cuando esa ley se aprobó, ningún líder de la oposición pareció hacer nada al respecto. Quizás el único fue Fernando Camacho, líder del partido Creemos, y símbolo de resistencia contra el masismo sobre todo en la región este del país, concretamente en el Estado de Santa Cruz. Aun así, no olvidemos que su porcentaje de voto no es suficiente para mover al país, como lo hubiese sido el de Carlos Mesa.

Mesa ha sido el objetivo de más críticas como verdadero posible candidato a la presidencia boliviana. Candidato por la segunda fuerza política del país Comunidad Ciudadana, e histórico contrincante del masismo, ha acabado aceptando la victoria de Arce. Esta felicitación ha generado revuelo entre sus votantes y en todo el movimiento antimasista, teniendo en cuenta que el conteo ha tenido las mismas características que en las elecciones del año pasado. Mientras que en 2019, Mesa fue el primero en salir a las calles y pedir democracia a los ciudadanos, en estas decidió dar la victoria a Acre y no realizar investigaciones más allá.

Así, Mesa y su partido en su conjunto se encuentran actualmente en un proceso de "lanzar balones fuera" en el que achacan la derrota a la falta de una unidad antimasista, concretamente hacia Fernando Camacho y en menor medida hacia Jeanine Áñez, por no haber sido capaces de dejar sus diferencias a un lado y unirse a él para tener un bloque unificado.

Por otro lado y entrelazando con la idea anterior, Camacho es considerado el "revolucionario del este boliviano", en tanto que se trata de un personaje conocido en todo Bolivia pero solo votado concretamente en Santa Cruz. En las elecciones de 2019, lideró una de las resistencias más fuertes en contra de Morales y del supuesto fraude, y se presentó a estas elecciones con posibilidades de ganar una representación notoria. Sin embargo, ha acabado con un mero 14% de la votación electoral.

Aunque es cierto que una resistencia más unificada en contra del MAS y de Arce podría haber dado más juego, no olvidemos que ni siquiera las dos fuerzas juntas, es decir, Creemos y Comunidad Ciudadana, hubiesen llegado a un porcentaje igual al de Arce, lo cual determina que ni su unión podría haber conseguido su objetivo. Sin embargo, es cierto que de alguna manera, e independientemente de los porcentajes, si desde el principio hubiesen mostrado una idea de alianza contra el masismo y de dejar de lado sus diferencias concretas, puede ser que muchos votantes se hubiesen sentido identificados (o al menos más de los que lo han hecho por separado).

A parte de todos estos posibles factores, entra en juego la idea del conteo rápido. El conteo rápido es una medida utilizada en muchos países a la hora del recuento en unas elecciones, sobre todo en aquellos cuyas dimensiones geográficas y demográficas son de suficiente tamaño como para que un conteo normal pudiese llevar semanas o incluso meses. Bolivia, y sobre todo desde la llegada de Morales, ha sido un país que se ha inclinado por la no utilización de esta técnica, ya que, como siempre ha dicho su partido, el voto que más necesitan es el rural, aquel que menos innovación tecnológica posee y a su vez más dificultad a la hora de ir a las mesas de voto. Con el conteo rápido, la mayoría de ese voto quedaría perdido y por tanto el partido MAS perdería una de sus fuentes de voto más fuertes, por no decir la esencial.

Esa excusa, la cual fue utilizada para intentar justificar "el parón" de las elecciones de 2019, ha vuelto a utilizarse en estas para no realizar el conteo rápido. A partir de esta premisa, podemos entrar en la verdadera pregunta: ¿cuál es la implicación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en todo esto?

Parece ser que la sociedad civil antimasista, los medios de comunicación, y todos los candidatos han puesto su foco de atención en la OEA y en concreto, en su presidente uruguayo Luis Almagro. No olvidemos que la OEA fue esencial para el derrumbe del conteo de las elecciones del año pasado, así como para el exilio de Morales hasta el día de hoy. Una vez se le pidió a la organización que investigase lo ocurrido, realizó dos diferentes informes, con un mes de diferencia, a partir de los cuales se determinaba que habían existido una serie de irregularidades inexplicables. 

Luis Almagro se volvió un opositor a Morales, en tanto que aunque no determinase un fraude como tal, dejaba entredicho que algo había ocurrido y que por tanto lo más pertinente, aludiendo a las democracias latinoamericanas y la desestabilidad que estaban teniendo el año pasado con ejemplos como el de Chile o Ecuador y sus respectivas revueltas populares, era realizar unas nuevas elecciones.

La decisión de la OEA, y concretamente la oposición de su presidente Almagro a los resultados, fueron esenciales para el congreso boliviano a la hora de tener la legitimidad de determinar las elecciones como fraudulentas, así como base de la presión que recibió el expresidente Morales para irse, la instalación de un gobierno transitorio, y el fin de la era Morales en el país.

Sin embargo, para la resistencia antimasista, la actuación y respuesta de la OEA y de su presidente Almagro en estas nuevas elecciones, parece haber dejado mucho que desear. Para empezar, aceptó la petición del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de Bolivia para no hacer uso del conteo rápido expresado previamente (https://www.eldiario.net/movil/index.php?n=29&a=2020&m=11&d=06). Esta aceptación creó desconcierto, ya que fue precisamente esa medida la cual dio pie a entender las elecciones como fraudulentas, así como la prueba base de los informes de la OEA para determinar esas irregularidades.

Esa aceptación, la cual ya creó revuelo, se volvió definitiva cuando pudimos ver la felicitación por parte de Almagro al nuevo presidente Luis Arce, en un proceso electoral extremadamente parecido al del año pasado. A partir de esa felicitación de victoria, el antimasismo en su conjunto comenzó a pedir explicaciones a la organización sobre por qué en estas elecciones, las cuales tienen unas similitudes gigantescas con respecto a las pasadas, se le felicita directamente y ni siquiera se hace ademán de una posible investigación con el fin de asegurar que todo el proceso fue legal. 

El antimasismo queda más dividido que nunca, entre un Carlos Mesa bien conocido por todos que no tiene los votos suficientes para hacer frente, y menos ahora con el cambio de la "ley de los 2/3", y un Fernando Camacho que, por orgullo o estrategia política, se niega a unirse en una especie de "unidad o coalición antimasista" en la que Mesa sería el líder, y Camacho el segundo en las listas.

La aceptación de Almagro y de la OEA de la victoria masista, determina finalmente que estas elecciones fueron democráticas y transparentes, o al menos que por el momento, al no ser que haya nuevos acontecimientos, no existen pruebas de lo contrario. Sin embargo, el revuelo social ha sido inmenso, con numerosas respuestas al tweet de felicitación de Almagro, así como con el hashtag en twitter de #Almagrorenuncia. Cabe decir que mientras el año pasado el revuelo social fue más una revolución, con numerosas manifestaciones, enfrentamientos directos con la policía e incluso decenas de muertes, en estas elecciones la población solo se ha manifestado de manera pacífica y en su mayoría por redes sociales.

Para colmo de todo lo que ha ocurrido en este último mes, Arce ya ha comenzado a ser aceptado internacionalmente, incluso con la visita del rey de España Felipe VI para felicitarle. Además, y debido al cambio en la "ley de los 2/3", Arce y su partido han podido dar una inmunidad legal a Evo Morales de todos los casos abiertos que tenía, permitiendo su reentrada en el país después de un año en el exilio. Cruzando la frontera con Argentina y escoltado por el presidente Alberto Fernández, Morales volvió ayer a su país natal sin cargos, con intención de mudarse a la pequeña región cocalera de Chimoré, donde vivió de joven. De momento, no sabemos si volverá a la política formalmente, si se quedará apartado de la misma, o si participará en momentos puntuales de la nueva presidencia de Arce.

Finalmente, podemos aclarar que estar en contra de Evo Morales o de las elecciones no es estar en contra del partido MAS, y que el hecho de que un presidente utilizase mecanismos ilegales o no transparentes para continuar su presidencia, no quiere decir que todo su partido sea corrupto. Por un lado, el partido MAS ha dado muchas esperanzas a una mayoría de población indígena que estaba aislada, sin voz, y el hecho de que estén en el congreso es un logro para la izquierda latinoamericana. Además, son los principales propulsores de la creación de numerosos hospitales, colegios, y cambios más estructurales como incluir el quechua como lengua oficial del país, o el escudo quechua en la bandera del país.

Pero por otro lado, es cierto que hubo irregularidades inexplicables en el conteo del año pasado, independientemente de estar a favor o en contra. Desde un punto de vista completamente objetivo y analítico, no cabe duda que el partido MAS siempre ha intentado jugar con todo tipo de mecanismos legales para conseguir llevar a cabo las medidas que creían oportunas sin necesidad de negociar con los demás partidos. Desde la nueva Constitución creada en 2009 por el propio Morales, como otros cambios como el mencionado anteriormente de la "ley de los dos tercios".

El futuro de Bolivia es claramente incierto, pero es probable que tengamos 4 años de masismo irrebatibles, con una confrontación antimasista que, a priori, no parece que vaya a ser capaz de hacer frente, al menos de manera unida. Además, el grueso de la pandemia ha sido sufrido por la presidencia de Áñez, pudiendo observar cómo actualmente el problema es bastante estable y controlado, y por tanto no podrá ser utilizado en su contra como podría ser el caso de Joe Biden, el cual tiene (o tendrá a partir de enero) numerosas decisiones fundamentales que tomar con respecto a la pandemia, mostrando un escenario terrible del legado Trumpiano.

Las elecciones, hayan sido transparentes o no, han sido aceptadas por casi todos los sectores antimasistas e internacionales, y por tanto no podemos esperar ni mucho menos un movimiento como aquel que aconteció el año pasado. Es más, mientras que antes se tenía claro que si Morales intentaba volver al país, la población le haría frente, podemos observar cómo a su llegada desde la frontera con Argentina, la oposición fue mínima. Da la sensación que la población y los diputados (quizás menos Fernando Camacho), han aceptado definitivamente que al partido MAS le queda mucho por decir en la política boliviana, y que tendrán que cometer errores estructurales muy graves para que Arce o cualquier otro candidato masista del futuro, se vean verdaderamente obligados a salir del gobierno y dar paso a un gobierno más liberal y pro-EEUU como sería al frente del partido Comunidad Ciudadana liderado por Carlos Mesa.

martes, 10 de noviembre de 2020

La segunda ola Covid-19. El caso de Grecia, ¿la vida humana o la economía?

No cabe duda de que Grecia puede ser considerado un ejemplo a seguir desde un análisis estadístico de la afluencia de casos confirmados y muertes por la pandemia. Mientras sus países vecinos como España o Italia caían en un vorágine de desesperación y descontrol en el que los gobiernos no sabían bien lo que debían de hacer mientras los casos y las muertes no cesaban, el país heleno quedó fuera de ese marco, en tanto que parecía verse que el virus no estaba teniendo el mismo impacto en este país.

Como en el caso de otros países con números similares, la comunidad internacional achacaba los hechos no solo al ocultamiento de datos, como pudimos ver en Alemania donde a la hora de registrar los fallecidos se estipulaba que era por "neumonía", dejando de lado el hecho de que ésta venía propiciada por el coronavirus. Sino que más bien, mientras que unos defendían que Grecia fue de los primeros países en tomarse en serio lo que estaba llegando desde Wuhan y que actuaron rápido, otros expresaban su escepticismo ante esto, arguyendo que probablemente el porqué de la baja cantidad de casos venía dada por la no realización de PCRs. Es decir, que casos había, pero al no propiciar los medios para descubrir cuántos, quedaron en una especie de ensueño en el que realmente no estaban mintiendo, sino simplemente no decían la verdad.
Además, la existencia de otros factores como la demografía, siendo un país de alrededor de 11 millones de personas (y no 48 como España), así como su geografía, en tanto que el cierre perimetral de ciertas islas fuertemente afectadas en la primera ola, provocó la no transmisión descontrolada como vimos por ejemplo en España, donde el control de movimiento fue más difícil, al ser casi en su totalidad terrestre, y no aéreo o marítimo.

A partir de mediados de septiembre comenzó (o nos quieren decir que comenzó) esa segunda oleada de la que todo el mundo se preocupa actualmente. Esa nueva ascensión que esperemos que dentro de poco llegue a una nueva "V" que propicie la recuperación, la cual Grecia parecía estar esquivando, acabó llegando al país en forma de una retórica del miedo y pánico tras las nuevas restricciones impuestas el pasado martes y reforzadas tras la implantación de una nueva cuarentena desde el sábado.

Mientras que otros países cercanos como los mencionados anteriormente ya habían comenzado en octubre con el proceso de cierre y control de lugares de ocio y en general donde pudiese haber aglomeraciones, Grecia parecía estar exenta de todo ello. Los bares y pubs cerraban a medianoche, existían fiestas abiertas al público, y la mascarilla no solo no era obligatoria sino que era extraño ver a alguien con ella si no era en un sitio cerrado y público como un hospital o un supermercado (de los pocos sitios donde era obligatoria).

Tras las nueva restricciones impuestas por los países a partir de las reuniones a nivel europeo sobre cómo evitar (o mejor dicho cómo combatir) esta nueva segunda ola, Grecia y su primer ministro Mitsotakis se han visto envueltos en una problemática de la cual decidieron tomar cartas en el asunto esta semana. Sin tener suficientes casos como para imponer medidas como en otros países, Grecia observaba como estaba convirtiéndose en el único país que no estaba adoptando ninguna de esas medidas.

Desde mi visión personal, parece entenderse el motivo por el cual empezaron a haber desde hace alrededor de tres semanas, autobuses que realizaban PCRs gratuitas en lugares públicos. Inicialmente pareció ser una medida socialmente aceptada, hasta que ciertos sectores comenzaron a percatarse de donde estaban situados esos autobuses: concretamente en Atenas, en regiones como la Plaza Viktoria, es decir, regiones en las que saben que la mayoría de población que reside es refugiada y de pocos recursos.

Así, una medida que en un principio parece positiva, comenzó a observarse como intento de conseguir que la tasa de casos aumentase a niveles exponenciales, para así tener una "excusa" a partir de la cual el gobierno pudiese implantar esas restricciones, y que la consecuente queja social tuviese menos justificación.

Y en efecto, así se hizo. Aunque el número de casos y fallecidos ni se acerque al de muchos países de la UE, ha aumentado en un número que al gobierno le ha parecido suficiente como para actuar. Eso si, mientra que en otros países la gestión de restricciones ha sido paulatina, en Grecia ha sido tajante. Tras una primera medida en la que se impuso la mascarilla obligatoria en vía pública y toque de queda entre las 00.30 y 5am, se llegó a un cierre de todo establecimiento público como cafeterías, restaurantes, gimnasios, cines, teatros, etcétera, cerrando el círculo con una cuarentena que comenzó este pasado sábado.

De momento, el gobierno solo ha manifestado su interés de ayuda inmediata a los hoteles y restaurantes, en vista de que este sector será el más afectado por estas medidas. Así, se han proclamado una serie de ayudas a estos negocios, entre las cuales entra el pago de un salario base a todos los empleados en este sector que solo durante el mes de noviembre será de 800 euros (cuando el resto de meses, tal como expresa la ley, es de 532 euros). 

Aun así, hay un factor que el gobierno no puede controlar, o que al menos no lo está consiguiendo: la sociedad civil y la opinión pública, y su relación con ese pánico generalizado. Mientras que en España podemos observar como existe esa "policía civil", esa sensación de malestar en la calle ya que la población sufre el trauma de lo ocurrido (aunque actualmente las revueltas estén siendo importantes), la sensación que ofrece Grecia es de que la población no ha sufrido esa primera ola. Es decir, parece que cumplen las restricciones más por obligación que por conciencia, viendo como aún a día de hoy, muchas personas no llevan la mascarilla por la calle. Por otro lado, el cuerpo policial heleno no parece muy convencido de las medidas, en tanto que no suele parar a la población.

Finalmente, la pregunta que se están haciendo la mayoría de estudiosos de distintos sectores, tanto más relacionados con las ciencias sociales como con las sanitarias, es: viendo la situación actual, ¿se debe primar la vida y la salud de las personas, o tenemos que dejar un espacio de actuación a la economía aunque no desaparezca del todo el problema?
Desgraciadamente, esta problemática entrelaza un problema social de carácter moral, con un problema económico de carácter racional, en el que ninguna de las dos visiones debería ser considerada como incorrecta o macabra; simplemente dependerá del punto de vista desde el que queramos observar los acontecimientos.

Sin embargo, sí que es necesario basarse en los hechos y en la estadística para saber cómo actuar, aunque a veces cueste. Y es cierto que, si la situación no se resuelve rápido, la caída de la economía probablemente genere alomejor no más muertes directas, pero sí más pérdidas, que la continuación de casos y fallecidos en los países. Ya no solo porque haya que tener en cuenta que no se trata de una enfermedad letal (además de que en general hay un perfil concreto de persona afectada), sino porque además los pequeños negocios y empresas están teniendo unas perdidas abismales de las que nadie sabe si algun dia se recuperaran. Solo hace falta ver los escenarios futuros de pérdidas económicas, en los que el peor caso para España rondaría en una pérdida de hasta el 11,7% del PIB, o Italia cuyo peor escenario es de unas pérdidas del 13,5%. En estos análisis, Grecia parecía quedarse fuera, pero con estas nuevas medidas impuestas, que van a dar un duro golpe a una economía ya maltratada, podrían estar barajándose números similares.

Así, la economía de estos países se va a ver tremendamente afectada, hasta un punto en el que verdaderamente nadie sabe cómo afectará al futuro de estos países una vez la pandemia desaparezca; no olvidemos que se trata de países cuya mayor (o de las mayores) fuente de ingresos es el sector terciario, el sector servicios. En el caso griego, un mes completo en el que no haya ningún tipo de movimiento puede ser extremadamente impactante, pero probablemente todo dependa de la decisión del gobierno con respecto a diciembre.

Parece que lo que está intentando Mitsotakis es realizar un cierre perimetral en el país, para así reabrir a mediados de diciembre y poder llevar a cabo unas "Navidades normales" en la medida de lo posible, en tanto que estas fechas podrían considerarse un punto de inflexión para el futuro de estas economías en 2021.

Por tanto, si el primer ministro consigue reabrir la afluencia turística en el país durante diciembre y enero, aunque luego se vea obligado a volver a imponer restricciones en febrero, probablemente consiga recuperar o incluso aumentar parte del PIB del país. Sin embargo, y este futuro puede incluir a países como España, en el caso de que estos países se vean obligados a mantenerse cerrados durante las Navidades, es muy probable que sufran un golpe final del que muy difícil se van a recuperar. 

No olvidemos que todos estos análisis que vemos en las noticias, incluido este realizado en este artículo, hablan de la economía real. Es decir, en materia de economía y flujos financieros, el futuro es aún más impredecible. Tenemos por un lado grandes empresas en bolsa que están cayendo en picado, mientras otras como Apple, Netflix, cadenas de supermercados o las empresas farmacéuticas están consiguiendo un poder sorprendente debido a todos los acontecimientos actuales. Mientras existen inversores y accionistas que están perdiendo todo su potencial económico, existen por otro lado otros actores dentro de esa economía puramente financiera que van a salir de esta crisis como ganadores.

Y ya no solo eso, sino también el posible ascenso del Sudeste Asiático, liderado por China, con Japón y Corea del Sur, como primeros "supervivientes" de la pandemia y por lo tanto como posibles aspirantes a dirigir el sistema internacional tras el fin de la misma. Aunque esa idea es solo una posibilidad, y tendremos que esperar a la resolución de nuevos factores como nuevas decisiones políticas, elecciones como las estadounidenses, o al avance en la posible vacuna, para poder analizar el futuro desarrollo del orden internacional.

martes, 23 de febrero de 2016

¿Libertad?

¿Qué es la libertad? Simple, solitaria, fuera de todo lo conocido, fuera del sentido común, fuera de la imaginación, fuera de nuestra razón, pero a la vez de nuestros sentidos. ¿Por qué? Porque no existe. Es una ilusión, un hábito (como diría el escocés Hume) que tenemos y a la vez necesitamos para darnos tranquilidad, una inyección cada mañana para seguir adelante con nuestras vidas, creyendo que, al ser libres, estamos decidiendo sobre nuestros pasos y dibujando nosotros nuestras propias huellas.

¿Es ésto cierto? No lo creo. Como he dicho antes, se trata de una ilusión, algo pensable, pero no demostrable. De hecho, podríamos introducirlo en el área humana de "ilusiones hipotéticas que necesita el ser humano". Sin ellas, el ser humano sería, según muchos, vacío de significado, sin un fin, sin un logro, sin nada por lo que luchar. Pero, en el caso de las libertades, ¿no existen realmente dos? Una sería la que nosotros consideramos la universal, aquella que nos "libera" del yugo y hastío por culpa de una ideología, pensamiento, o incluso individuos, que hacen que otra u otras personas se sientan de alguna manera censuradas o incluso esclavizadas, abriéndose el abanico tantro con las personas de color liberadas del sur de Estados Unidos, como por ejemplo con la necesaria libertad de prensa (en casos como el de Charlie Hebdo). La otra libertad que existe es la ficticia, la que damos por hecho que poseemos, pero ni el más inteligente o libre de los hombres ha rozado. Aquella verdadera libertad asimilada en la cristianidad como la "beatitud", el gozar de Dios, o en la antigua Grecia como la eudaimonía perfecta de la que nos hablaba, asemejada a dioses, siendo la mayor de las sabidurías.

Pero todas estas acepciones de esta segunda libertad son meras impresiones creadas por humanos, en la mayoría de casos para controlar a una población ingenua y analfabeta, como es el caso de la religión, que hacía creer al pueblo en ciertos aspectos totalmente indemostrables mediante una auténtica y fiel cuestión de fe, ofreciéndoles esa esperanza de libertad en el cielo tras la muerte. Sin embargo, está también el caso de los filósofos. A estos, sin embargo, no los podemos culpar ya que, aunque asociaran la libertad a la religión o a ámbitos indemostrables, no lo hacían con un fin de lucro, sino que lo creían fielmente, como es el caso de la eudaimonía anteriormente expuesta, defendida por nuestro gran filósofo Aristóteles, que creía y creyó hasta la muerte que ésta solo podía erradicar en la sabiduría y, por tanto, solo el sabio podía adquirir esta especie de máxima libertad asociada más al ámbito sobrenatural, que al ser humana.

Estas concepciones de la libertad o esperanza asociadas al conocimiento eran muy positivas en la época, ya que animaban a la gente (la que no fuera totalmente analfabeta), a buscar esa sabiduría, a aumentar su conocimiento y, con él, su pensamiento y, aunque no consiguieran acceder a ese Nous (o Inteligencia suprema de las ideas puras) tan defendido por Platón, crearían una opinión suya propia, de manera que ya no podrían ser tan sumamente controlados por terceras personas.

Por eso, defiendo personal y fielmente que fueron estos primeros filósofos, tan autóctonos, austeros e inteligentes, los que hicieron que la población empezara a pensar por sí misma, a opinar, a querer derechos.

Con el paso de los años, el ámbito que más afectado se vio fue naturalmente la Iglesia, la que había perdido fieles por este pensamiento autónomo insurgente, además de la continua aparición de filósofos que, desde Hume, empezaron a plantearse con argumentos la existencia de Dios. Y con él comenzó ese pensamiento ateísta: ¿Por qué necesitamos creer tan fielmente en algo que no podemos ni sentir ni conocer?

Cada vez la antigua filosofía de San Agustín y Santo Tomás, escolásticos que defendían el Ser de Dios sobre todas las cosas, quedaba notablemente atrás. Tanto que desapareció del pensamiento ciudadano, aún con el intento y propuesta continua de readmitirse, pero el pueblo llano no quería volver a recibir esos pensamientos. Ya no creían tanto en ese ser todopoderoso, al igual que no lo hacían en esa "otra vida" análoga a la terrenal. De este continuo y creciente pensamiento de que realmente no existía nada más que lo visible o conocible en el mundo, nació el ideal del ateísmo.

Del ateísmo radical, como siempre ha ocurrido en todo aspecto ideológico, surgió un ideal moderado, el agnosticismo. Los agnósticos aceptaban que no era lo llamado Dios lo que había ahí arriba, pero que algo tenía que haber, aunque no pudieran explicar el qué. Habría que tener muy en consideración que la ciencia en aquella época era mediocre, y que por tanto no tenían ni la tecnología ni los conocimientos que tenemos ahora, suficientes como para, como máximo, considerar la posibilidad de vida extraterrestre.

Los filósofos fueron los que hicieron despertar al pueblo, mediante una "falsa promesa para un falso propósito con un fin mayor y más bueno que el esperado", conocido como fin mayor, el hacerles pensar por ellos mismos para opinar y que no les engañasen. Es muy probable que los lectores piensen que era obvio que las bulas, testamentos católicos y esos caprichos que se daba la Iglesia a costa de los ciudadanos e incluso de la propia aristocracia eran una estafa, admitido fielmente por la mayoría de cristianos actuales. Pero no olvidemos que igual que los ciudadanos de aquella época pensaban que existía un ser todopoderoso, ¿no podrían reírse nuestros sucesores en el futuro de cómo nos engañaban a nosotros ahora? ¿Y sí en política, religión y demás ámbitos no están engañando, pero somos lo suficientemente "analfabetos" y "campesinos" como para no darnos cuenta?

Los filósofos ya nos han salvado de la perdición de creer en los "malos sabios" del mundo que engañan para su propio beneficio. ¿Por qué no lo iban a hacer ahora? ¿Debemos realmente permitir entonces una ley tal que casi suprima esta gran asignatura como es la filosofía de nuestras escuelas? Alomejor un simple estudiante, como lo era Hume, o incluso un mujeriego empedernido hasta que vio la luz como lo fue San Agustín, son los que salvan de la perdición a una humanidad que, aunque se crea libre, siempre estará dominada.